Los dodos, las aves extraordinarias

Imagina que en algún momento de la evolución, las palomas llegaron a una isla en la que había abundante comida. Además, no había depredadores. Pronto, no fue necesario que volasen. Así que, como en toda historia evolutiva, se adaptaron. Perdieron la capacidad de volar. Después crecieron, engordando. Como no había enemigos importantes, no desarrollaron grandes habilidades defensivas. Pues bien. Esos animales existieron. Se trata de los dodos, las aves extraordinarias.

Para ser descendientes de las palomas, sí que tenían una apariencia peculiar. Los dodos, las aves extraordinarias.
Erroll Fuller, amante de los dodos

«El dodo era un ave absolutamente extraordinaria. Su apariencia era tan rara y maravillosa», dice Errol Fuller, un artista y autor de varios libros sobre el dodo.

«Muchos pájaros extintos son raros pero el dodo es el rey. Con ese enorme pico, ese cuerpo gordo, el hecho de que no podía volar… tiene muchas características intrigantes. Una de ellas es que lo que sabemos sobre ellos es virtualmente nada», agrega.

Efectivamente, nuestra ignorancia sobre este ícono de lo perdido para siempre es parte de su atractivo. Lo que sabemos con certitud es que los dodos vivían en la hoy República soberana insular de Mauricio, una de las islas Mascareñas, en el océano Índico.

«Son unas islas remotas que fueron descubiertas por los árabes, pero ellos nunca se quedaron ahí», señala Julian Hume, paleontólogo del Museo de Historia Natural de Londres.

«Los primeros en mencionar al pájaro fueron los portugueses, que llamaron a Mauricio ‘isla de cisnes’ -se piensa es en referencia a los dodos-, pero ellos tampoco se quedaron. No fue sino hasta 1598, cuando llegaron los holandeses, que empieza la historia de lo que sabemos del dodo», explica Hume.

Vi, vine… y extinguí

«Llegaron por accidente -añade Fuller- y vieron estos grandes pájaros regordetes, los cazaron, los cocinaron y se los comieron. Ese fue nuestro primer contacto con el dodo -apunta Fuller-. Luego, cuando se supo de la existencia de esta isla, los franceses e ingleses también fueron. En cuestión de 75 a 80 años, el dodo estaba extinto», concluye Fuller.

Entonces, en 1598, una flota de marineros holandeses atracaron en Mauricio. Para 1680, los dodos, las aves extraordinarias, ya no existían. Tomó menos de 100 años terminar con ellos. «No fue la caza directa la que mató a los dodos. Fue la introducción de especies invasoras», aclara Hume.

«Había especies que competían con ellos, como cabras, ganado, venados; introdujeron micos y cerdos -que son ladrones de huevos- y el peor asesino: las ratas negras. Las ratas negras habrían estado al acecho de los huevos, de los polluelos, se habrían tomado las fuentes de alimento. Combina todo eso en una isla pequeña: el dodo no tenía ningún chance de sobrevivir», lamenta el paleontólogo.

La llegada de la expedición del almirante Jacob Cornelissoon van Neck (c 1564-1638) que llegó a Mauricio en 1598 fue el principio del fin para el dodo.
La llegada de la expedición del almirante Jacob Cornelissoon van Neck (c 1564-1638) que llegó a Mauricio en 1598 fue el principio del fin para el dodo.
El problema de su pacifismo

Su chance de supervivencia era aún menor dada su pacífica historia antes de la llegada del hombre: los dodos eran descendientes de las palomas. «Cuando esas palomas aterrizaron en Mauricio, encontraron una isla sin predadores mamíferos y con comida abundante. No había razón para volar», señala Fuller. «Se quedaron y, con paso de los siglos, se volvieron más grandes y gordos. Eventualmente los dodos, las aves extraordinarias, perdieron la habilidad de volar».

Sin la necesidad de defenderse por tanto tiempo, al enfrentar tantos peligros nuevos en el siglo XVII, perdieron la batalla final. Todo lo que quedó de ellos fueron un par de especímenes mal disecados. Una serie de pinturas de un artista holandés llamado Roelandt Savery. Algunas descripciones escritas y un puñado de esqueletos y huesos.

Alice Liddlell, la verdadera, iba con Lewis Carroll al museo a ver los huesos de dodo.
Alice Liddlell, la verdadera, iba con Lewis Carroll al museo a ver los huesos de dodo.
Alicia en el país de los dodos

Pronto, el dodo fue olvidado. Hubo quienes llegaron a afirmar que nunca existió. No fue sino hasta mediados del siglo XIX que una niña nos los recordó.

«Lewis Carroll estaba muy interesado en el dodo porque había visto una cabeza disecada en el museo de Oxford, y visitaba ese museo con la niña que conocemos como Alicia. Por eso, cuando escribió ‘Alicia en el país de las maravillas’ incluyó a un dodo», cuenta Fuller.

«Ocurrió en 1865 y eso disparó al dodo al superestrellato. Hubo una curiosa coincidencia: en ese mismo año cientos de huesos de dodos fueron encontrados Mare au Songes», apunta Fuller.

Mare au Songes es un pantano en la costa de Mauricio en el que, tras buscar durante 30 años inspirado por una monografía escrita por los científicos Strickland & Melville en 1848, un naturalista amateur llamado George Clark hizo el descubrimiento.

«Había unos obreros excavando el suelo del pantano pues querían usar el sedimento como fertilizador en las plantaciones de caña de azúcar. Cuando encontraron los huesos los llevaron para analizarlos y eran de dodos», cuenta Hume.

Esos huesos llegaron a Londres al mismo tiempo que la gente estaba leyendo la historia de Alicia y eso ayudó a revivir al dodo en la conciencia colectiva.

«Desde ese momento no ha dejado de ser un ícono de la extinción», dice Errol Fuller.

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