El sistema que cambió el correo para siempre

Antes de que empezara el sistema que cambió el servicio postal  para siempre, el correo no funcionaba en absoluto en la manera en que lo hace hoy en día. Corría al año de 1830. Para empezar, solo los ricos tenían acceso a este servicio. Para tener  una idea basta conocer el precio por el envío de una carta de tres páginas entre una ciudad de Inglaterra y otra. Era casi el salario de un día entero de trabajo.

Carruaje que llevaba el correo del Penny Post

Pero había otra gran diferencia. El pagaba el envío era el receptor de la carta. El cartero solo la entregaba si se pagaba el envío durante la entrega. Eso dio pie a una serie de artimañas. La habilidad para hallar ofertas o engañar al sistema existe desde siempre. Se popularizaron algunos códigos. Las personas se ponían de acuerdo para enviarse mensajes. Un ejemplo: si me enviabas un sobre dirigido a «Tim Harford», eso significaría que estás bien, pero que si lo escribías «Señor T. Harford», entendería que necesitas ayuda. Cuando llegaba el cartero, se inspeccionaba el sobre y luego simplemente uno no aceptaba pagar.

Entonces apareció Rowland Hill. Un maestro de escuela retirado cuya única experiencia con la Oficina de Correos en la década de 1830 era como un usuario descontento.

Logró convertirse en jefe de la Oficina de Correos sin tener gran experiencia, luego de una campaña que se apoyó en diferentes firmas. Recolectó firmas. Pidió ayuda a la Sociedad para la Difusión del Conocimiento Útil. Usó el descontento general que había contra el viejo sistema.

Entonces implementó el sistema que cambió el correo para siempre.

Se le pediría a los remitentes, no a los destinatarios, que paguen los gastos de envío; y sería barato: un penique (penny, en inglés), independientemente de la distancia, para cartas de hasta media onza (14 gramos).

Así nace el primer sello postal del mundo: el famoso Penny Black de la Reina Victoria.

El primer sello postal del mundo: el Penny Black

Hill estaba convencido de que valdría la pena que el correo funcionara a pérdida, para estimular lo que llamó «el poder productivo del país».

Argumentó que las ganancias eventualmente aumentarían, porque si las cartas eran más baratas de enviar, la gente enviaría más.

Hace unos años, el economista de origen indio CK Prahalad señaló que se podía hacer una fortuna atendiendo a lo que llamó «el fondo de la pirámide»: la clase pobre y media baja del mundo en desarrollo.

No tenían mucho dinero como individuos, pero tenían mucho dinero cuando los juntabas a todos.

Hill se le adelantó más de 150 años.

Rowland Hill, el Steve Jobs del servicio postal
Más y más cartas

En 1840, el primer año que funcionó el llamado Penny Post, el número de cartas enviadas se duplicó. En 10 años, volvió a ser el doble.

Tomó solo tres años para que los sellos postales se introdujeran en Suiza y Brasil, un poco más en Estados Unidos, y para 1860, se utilizaban en 90 países. Hill había demostrado que la fortuna en el fondo de la pirámide podía ser extraída.

El correo barato trajo algunos problemas reconociblemente modernos: el correo basura, las estafas y una creciente demanda de respuesta inmediata.

Medio siglo después de que Hill creara el Penny Post, las cartas en Londres se entregaban cada hora y la expectativa era que la respuesta llegara con el «regreso del correo».

¿Pero difundió el conocimiento útil y estimuló el poder productivo el Penny Post?

El correo y el desarrollo

Recientemente, un grupo de economistas en EE.UU. lo investigó de forma ingeniosa. Recopilaron datos sobre la difusión de las oficinas de correos en el siglo XIX y sobre el número de solicitudes de patentes en diferentes partes del país.

Las nuevas oficinas de correos efectivamente trajeron más inventiva, tal como creía que ocurriría Hill.

Hoy en día, el correo postal -que en inglés se conoce como «snail mail» (correo caracol)- parece estar en declive terminal. Hay muchas otras formas de alegrar los corazones de nuestros amigos.

Mientras tanto, el empleado de oficina promedio recibe más de 100 correos electrónicos al día. Y ya no necesitamos sociedades para promover la difusión del conocimiento útil, más bien necesitamos mejores formas de destilarlo.

No obstante, los economistas que investigaron el vínculo entre las oficinas de correos y las patentes argumentan que el servicio postal del siglo XIX puede enseñarnos algo hoy: que «la política gubernamental y el diseño institucional tienen el poder de apoyar el progreso tecnológico».

Entonces, ¿qué defectos y problemas en estas áreas podrían estar frenando el progreso hoy?

Necesitamos que aparezca el sucesor de Hill para contarnos, y mejorar el sistema que cambió el correo de una vez y para siempre.

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